17/6/13

ENTRE SUEÑOS Y COLORES CON ALBERTO SANTOS

Alberto Santos es un profesional bancario argentino. Un aficionado a la pesca de los que insiste hasta lograr su marca. Es también uno de los que halla el blog CUBANOS DE PESCA, que sin pretensiones de gran sitio gusta de estar ahí, en su tranquilo puesto de internet, cumpliendo su guardia como pudiera decirse, para los que necesitan el dato que les revele un tanto acerca del asunto de pescar en esta ínsula antillana.
Santos, les estaba contando, quería saber a principios de año cual sería la mejor elección para venir a Cuba este año a pescar el marlin, que es como llaman en muchas partes a los peces de pico que nosotros a veces tratamos como agujas, en tanto otras les separamos el trato según sea el castero grande o mediano, la abanico y aguja prieta, de desplegada dorsal, o la blanca o de paladar, inquietísima en el anzuelo.
Con lo que le dijimos, decidió escoger La Habana y el mes de mayo, que luego resultó ser principios de junio, que para el caso no hace mayor diferencia.
Decía el amigo Santos en uno de sus mensajes que “desde el exterior es bastante difícil conseguir buena información sobre la pesca en este país”, y resultaba más fácil obtenerla acerca de las marinas que prestan servicios en nuestras costas. Es un dato curioso, en verdad. Piénselo para que vea.
La primera semana de junio de 2013 estuvo el señor Alberto Santos en la Marina Hemingway, La Habana, cumpliendo su sexta visita a Cuba; salvo la primera de todas, el conjunto de sus viajes ha estado dedicado a la pesca:
-2007, septiembre (Marina Hemingway y Cayo Largo del Sur)
-2009, septiembre (Cayo Coco)
-2010, septiembre (Marina Hemingway)
-2012, septiembre (Cayo Guillermo)
-2013, junio (Marina Hemingway)

Un marlin o nada
El viaje de 2007 se extendió dos semanas durante las cuales Santos y sus acompañantes recorrieron la Isla desde La Habana hasta Santiago de Cuba, una verdadera exploración de descubrimiento que abarcó, de rebote en la capital, una escapada a Cayo Largo del Sur. Curiosamente, el cordial argentino no dice una palabra acerca de la pesca en ese islote, famoso por sus macabíes, palometas y sábalos, lo que descubre que para él lo que existe es el pez de alta mar, los picudos legendarios.
En efecto, la vuelta a La Habana llevaba el aliciente de intentar cobrar un marlin, para lo cual había hecho arreglos en la Marina Hemingway. La salida fue el 21 de septiembre de 2007. Él nos lo cuenta en primera persona:
Ese dia amaneció lloviendo, y cuando llegue me anunciaron que además de la lluvia había viento del sudoeste, condiciones estas poco propicias para la captura de un Castero, nombre que le dan ellos al marlin azul, por lo que me propusieron cambiar la fecha, cosa que lamentablemente no podía hacer y por lo tanto salimos igual.
A partir de ese instante comenzó la aventura soñada, me presentaron al capitán de la embarcación Club Náutico II , salimos de las oficinas, recorrimos unos 50 metros y alli estaba la nave lista para la salida. Comenzó la navegación, pasamos por la guardia costera, y salimos a la bahía de La Habana, a partir de ese momento desplegaron los señuelos y cañas en lo que llaman la “armada para el castero” que consta de lo siguiente:
Llamadores (Cuqueadores, es como les llamamos en Cuba): Dos cuerdas atadas a la popa y casi a ras del agua, de la que aproximadamente a los 15 metros se ubicaba un prisma hexagonal con caras de 6 cm. de base por 30 de altura y con espejos en cada una de ellas, y a partir de ese prisma, señuelos tipo calamar de con colores llamativos, pero sin anzuelo alguno.
Equipos de pesca: Seis cañas con reels, dispuestas simétricamente que corrían 3 a cada lado de los llamadores, a saber:
-Las primeras con señuelos salían de la popa,
-Las segundas llevaban carnada y flecos, y salían de cara lateral de la nave,
-Las terceras con señuelos estaban en la borda, pero corrían alejadas de la embarcación mediante un sistema de poleas (Se refiere a los outriggers).
Les garantizo que ver semejante despliegue de estelas en el agua, ya era por si mismo un espectáculo maravilloso, y además en ese momento caí en la cuenta que semejante embarcación con su tripulación, los llamadores y los 6 equipos estaban solo para que yo pudiera disfrutar ese momento. A partir de ese instante, me olvide de la lluvia, de las pocas posibilidades de la captura, y viví cada instante como si fuera el último.
La navegación se efectuó a lo largo del litoral, entre los 500 y 3.000 metros de la costa, en momentos con chaparrones fuertes y en otros lluvia moderada. Aproximadamente a las 2 horas, salto la línea externa de la borda derecha, hubo un movimiento del marinero, que además dijo: “Saltó un dorado”, y el capitán comenzó a navegar en círculos durante unos 15 minutos.
Las charlas giraron sobre las cañas -casi todas Penn- y los reels, todos Penn cargados con casi 1.000 metros de línea de 100 libras, que tienen entre 15 y 20 años de antigüedad, y en un impecable estado de conservación, ya que los desarman limpian y engrasan cada dos pescas. Al cumplir 4 horas de navegación, me preguntaron si quería que cambiaran los aparejos para buscar otros peces, que seguramente seria posible capturar, y mi respuesta fue -quiero un marlin o nada, y seguimos troleando.
Al rato salto la línea externa de babor, clavaron, me pasaron la caña, me pusieron un cinturón con posa caña, y comencé a recoger sintiendo como si trajera un peso muerto, con lo que supuse no era una captura, cosa que confirmaron los amigos de la tripulación, pero seguí recogiendo hasta que apareció enganchada del anzuelo, la fina silueta de una enorme bolsa de residuos tipo consorcio. Al cabo de 6 horas dimos por finalizada la salida, que permitió cumplir el sueño de intentar pescar un marlin, pero que dejo la asignatura pendiente de la captura.

En Cayo Coco
“En un lugar paradisíaco”, dice Alberto Santos un día de septiembre de 2009. Esta vez se halla en una playa nombrada Las Coloradas en el islote de Cayo Coco, del archipiélago nororiental cubano que llaman Jardines del Rey, aunque uno puede hallar en mapas y cartas náuticas de otros años como Sabana-Camaguey. Se halla al norte de la provincia de Ciego de Ávila, que es territorio de pesca. Cuenta Santos:
Conversaba con los encargados de las actividades náuticas, y desde lo más profundo de las ganas, salió la pregunta:
― ¿Por acá se pesca algo? ― Y la respuesta esperada:
― Por supuesto―. A lo que siguió:
― Si quiere mañana lo llevamos en el catamarán a vela, aquel que esta allá.
Ni corto ni perezoso surgió la respuesta.
― ¿A qué hora salimos?
― ¿A las 11.30 le parece bien?
― ¡Miren que no traje equipos!
― No se haga problema, los equipos y la carnada los pongo yo.
Y el 11 de septiembre de 2009, un día espléndido, con alguna nube que apenas opacaba la brillantez del Sol a las 11.30 horas, estaba en el lugar indicado, para comenzar una salida que pasara a ser de los momentos imborrables de mi memoria.
Al salir de esa increíble arena blanca de la playa, abordamos el catamarán a vela y comenzamos la navegación en un agua absolutamente cristalina, donde el mar en su suave declive hacia su profundidad, va pasando por una infinita variedad de tonos, desde el blanco al celeste hasta llegar a ese azul casi violeta que se mostraba a partir de la boya de los 30 metros. Una vez alcanzada la zona de pesca, a unos 500 metros de la playa aparejos al agua y a esperar algún pique en esa caña Celtic que estimo yo, de una resistencia de 50 libras, un viejo y ruidoso reel Penn, con muchas horas de uso.
La pesca la estábamos realizando en la forma Curricane, para nosotros trolling, con carnada natural en un anzuelo 7/0. El primer pique no se hizo esperar, clave tarde y el pez se quedó en el agua, según el capitán, posiblemente una barracuda. Al rato pique, clavada y a la distancia una estilizada silueta color plata, comenzó a realizar saltos, que me recordaban a nuestros queridos dorados; después de una corta pelea, ya que el equipo se bancaba mucho más que eso, aparece al lado del catamarán una hermosa barracuda, que dentro del agua transparente, hacía de espejo reflejando los rayos del sol, casi como la luna del espejo de mi abuela, cuando el bichero en manos del capitán se clavó y la levanto al bote.
Una vez lograda la primer captura, ya la atención no estaba puesta solo en la línea y cada diferencia de tensión de la misma. Esta situación me permitió disfrutar no solo de la pesca, sino también de esa mágica y silenciosa navegación del catamarán, que se movía en un mar con una superficie que parecía la de una pileta.
Nos movíamos entre las boyas que marcaban los 20 y los 50 metros de profundidad, y los cambios de dirección, hacían que la vela, deje pasar el sol o me regalara una sombra que junto a la tenue brisa refrescaban mi cara. El segundo pique se dio en uno de los cambios de dirección, la corrida y la clavada hicieron que otra barracuda me regale varios saltos, esta vez con el sol en mi espalda, lo que permitió disfrutar más aún, el destello plateado de las escamas de ese esbelto y luchador adversario, que una vez cerca del bote, busco la profundidad como forma de protegerse.
Cuando estábamos cerca de la hora y media de pesca, decidimos hacer las últimas pasadas cerca de la barrera de coral, donde el mar dejo el azul intenso al tener menos profundidad y variaba entre tonos de celeste, que junto la transparencia del agua permitían ver las formaciones de corales blancos y algunos de los peces que lo habitan.
Mientras tanto la carnada seguía nuestro curso ahora a unos 60 metros, tensión en la línea, corrida, clavada y otros saltos acrobáticos de la tercer barracuda, esta resulto ser la más chica, pero la más peleadora, y su color era un poco más gris que las anterior, esta diferencia de color, según el capitán, es para camuflarse mejor en la baja profundidad de la zona. Después de esta captura y cumplidas dos horas de pesca dimos por finalizada la jornada y volvimos a la playa.
Un ambiente distinto, una especia nueva, una nueva forma de navegar, una jornada de pesca y una experiencia que quedara para siempre en mi memoria.

Cerca del gran slam

En los años siguientes vuelve Santos a Cuba, siempre con la intención de separar al menos alguna jornada para la pesca. En 2010 no tuvieron suerte, pues la reserva de una salida con el Club Náutico Internacional Hemingway se frustró a causa de desperfectos en la embarcación. Dos años después, el septiembre de 2012, durante una sesión de cuatro horas de pesca en Cayo Guillermo, no lejos de Cayo Coco, ven saltar algunos peces de pico pero la única captura es una barracuda.
Para 2013, cambio de fechas y una decisión: salir a por marlines. Después de las consultas con CUBANOS DE PESCA, arriban a La Habana el sábado 1 de junio en la tarde y se embarca Alberto Santos el lunes para su primera sesión de pesca en Marina Hemingway. Tenía el amigo argentino la intención de invitar a un día de pesca a un aficionado del país y preguntó por ello al capitán de la embarcación, pero éste manifestó que “el barco no tenía capacidad para otro pescador”. Luego señaló en un correo a su amigo cubano que no era una cuestión de cantidad (¿de personas a bordo?) sino “de origen” (¿?).
La Corriente del Golfo comienza a animarse el martes, cuando el aficionado argentino logra anzolar un dorado de 17.5 kilogramos, que es una pieza muy divertida –en términos de captura, y muy suculenta como objeto de arte culinario. La jornada siguiente cumplió del modo más bello las expectativas que por tantos años se había hecho Santos de las aguas de Cuba:
El miércoles mi compañero de aventura saco un vela de 23,5 Kg. y yo más tarde un marlin blanco que pesó más de 30 Kg., casi al final de la jornada clavamos un azul y se cortó la tanza, según el capitán si hubiéramos logrado la captura del azul hubiéramos logrado el gran slam, por capturar las tres variedades el mismo día y que esto no se da desde hace varios años.
El señor Alberto Santos pasará el semestre laborando en contabilidades y nóminas, saliendo tal vez por dorados a cualquier buen río de esa Patagonia de ensueños de la que es vecino, y en unos meses más pondrá en proyecto las próximas vacaciones. No voy a apostar que será en La Habana. Pero de que pensará en ello, puede estar seguro.