7/6/19



Río Los Palacios, dice que se llama el curso fluvial acerca del que trata este artículo el autorizado Diccionario Geográfico de Cuba (2000) *. Personalmente le conocí como el Carraguao hace bastante más de diez años, cuando nos acercábamos a aquella orilla de mangles vigorosos a  averiguar la picada del patao durante la luna llena invernal, usando el bivalvo que nos presentaron como escaramujo y así lo nombrábamos hasta que en el artículo del ganador del Concurso de texto informativo y literario CUBANOS DE PESCA ** celebrado en 2017 nos mostró el nombre que le daban en la región central del país a ese molusco: baya ***.
Rolando Rodríguez, pescador aficionado de la localidad de Entronque de San Diego, en la provincia de Pinar del Río, conoció el blog hace poco tiempo y preguntó al editor si podía enviar sus propios escritos. Por supuesto que todos pueden hacerlo. CUBANOS DE PESCA existe precisamente para intercambiar información acerca de este tema y promover el diálogo entre aficionados. A todos nos interesa aprender y cada uno de nosotros sabe que en pesca recreativa no abundan los sabios: quien mucho supone que conoce es probable que se asombre de lo diferentes que son sus experiencias respecto a aquellas que exhibe un  colega a no muchos kilómetros de distancia. Y no es misterio: las interacciones en el medio natural dependen de un elevado número de factores y basta que alguno o unos pocos  de estos sean diferentes entre una boca de río y la que le sigue, para que lo que bien conoce el del oeste le desconcierte el día de pesca cuando se vaya con sus aparejos al del este.
La historia que Rolando nos ofrece vale enteramente por un estudio muy detallado de las pesquerías típicas en una localidad, la suya. Tan detallada descripción de las prácticas de los aficionados a la pesca en el sur de la occidental provincia pinareña debería ser tomado por nosotros como un método práctico y sistemático de representar las características de una zona desde el punto de vista de los intereses de los aficionados a las pesquerías recreativas. Los usos locales, la diversidad de procedimientos, la caracterización del paisaje, las especies y el modo en que se manifiestan, además de amenos señalamientos del entorno resultan un enfoque privilegiado, de interés como lectura y valor como información objetiva. Muy útil lección para sabios y decisores, como suele decirse de los que ejercen mando sobre distintos asuntos, incluido este de la pesca recreativa. Aprendamos, pues. (El Editor)

* Sin embargo, reconoce esta obra la Punta de Carraguao: “Costa sur de la isla de Cuba, 28 km al SSE del pueblo de Los Palacios, en los 22º20’ lat. N y los 83º12? loong. O, mun. de Los Palacios, PR. Costa cubierta de vegetación” (p. 67).
* La década del sitio CUBANOS DE PESCA en internet (2007-2917)
https://drive.google.com/file/d/0B9Fj--6gEwG0dGpRNFNJbDNlQjg/view.
** Alexis Medina (Camagüey): DE LA PESCA DEL PATAO CON BAYAS EN ESMERALDA Y OTROS TEMAS.


CARRAGUAO
Parte primera
Por Rolando Rodríguez (Texto y Fotos)

Son las 3:30 am y el reloj no para de sonar. Parece fue hace 10 minutos que me acosté.
Me levanto medio sonámbulo, preparo la cafetera y la pongo al fogón, mientras, me visto, acordono fuerte mis botas de cuero, voy al baño y para cuando salgo ya hierve el café. Me preparo una taza y el resto lo vierto en mi pomito plástico color ámbar, lo cierro bien y lo meto en la mochila negra. También pongo en la mochila un pomo de agua,  dos panes con jamón y unas galletas dulces. Meto un vaso de leche en el microwave y espero que termine de calentarlo. Tan pronto pita lo saco, lo endulzo, le hecho una pizca de chocolate y me lo engullo en un santiamén junto a un trozo de pan. Eso y lo que va en la mochila será mi alimento para todo el día.
A la misma mochila va a parar un bolso con los avíos de pesca, que contiene tres carretes calibres 10, 15 y 20 libras, dos pomitos plásticos, uno con anzuelos  y otro con plomadas y, finalmente, un frasco de "Lo maté" pues nunca se sabe cómo estará la plaga.
Tampoco puede faltar en esa mochila el envase plástico de un galón picado a dos tercios de altura donde va la carnada y que para hoy es una buena provisión de calandracas que extraje en mi propio patio desde la tarde anterior. Cubro el recipiente con un trozo de tela de mosquitero y ato sus extremos de forma que si se vira la mochila no se esparramen las calandracas por toda ella. Compruebo que esté todo y la cierro. En ocasiones cómo las de hoy, llevo una segunda mochila: mi mochila roja. Compruebo que contenga lo que tiene que tener: mi cámara de tamaño 11'000 (o neumático si lo prefieren) desinflada, bien doblada y amarrada con una liga, el "culero" ― o sea, el asiento― y el morral para los peces. Pasado el chequeo la cierro y, para terminar, le ato fuertemente por fuera las patas de rana.

Ya son las cuatro y media, hora de salir a la carretera a esperar el transporte que nos conducirá hasta el lugar de pesca  y que normalmente pasa entre las 4:45 - 5:00 am. En la temporada pasada el transporte fue el camión "gasito" de Managua, un tipo bonachón y fan de la pesca, pero este año le hizo una reparación y lo pintó, cosa que le costó algunos cucusitos (diminutivo de CUC, la moneda convertible cubana) y no quiso en esta temporada meterlo para la costa. “Yo hiciera lo mismo”, pienso para mis adentros, mientras sigo esperando el transporte. Para esta temporada contamos con un tractor, el tractor del "Ñato", otro socio del grupo de pesquerías y que logró armarlo desde cero.
Por supuesto que el viaje no es gratis; a mí, que soy de Entronque de San Diego, me sale en $30 moneda nacional, a los de San Diego, un pueblito colonial y limpio (para los estándares de Cuba) distante a unos 15 km de mi localidad,  les cuesta 50, y a 25 le sale a la gente de Paso Quemado, otro pueblo conformado por unos veinte y pico de edificios y habitado mayormente por personas a los que el gobierno mudó cuando construyó la presa " La Juventud". Con el monto recolectado el chofer recupera el gasto del combustible y le quedan unos quilos. Somos un grupo de 12 a 20 aficionados a la pesca que año tras año, entre los meses de noviembre y marzo, nos vamos un día a la semana a practicar nuestro hobby. El destino siempre es el mismo: Carraguao.
La distancia entre mi casa y el lugar de pesca es de unos 30 km y en tractor el viaje durará poco menos de dos horas Para las cinco y media ya vamos en la carreta. En Paso Quemado recogemos a los últimos miembros, cruzamos la autopista nacional, atravesamos Paso Real de San Diego, cruzamos la línea del tren al final de ese pueblo y continuamos dando rueda buscando el sur. Hasta el final de la zigzagueante carretera quedan unos 15 km. A ambos lados abundan  los campos de arroz cultivados por particulares.
Aún oscuro pasamos por frente al molino arrocero de Cubanacán. Su nombre no tiene nada que ver con la famosa corporación turística, de hecho ya estaba ahí mucho antes de que esta existiera, porque así se llamaba el antiguo batey donde está emplazado el molino. El molino marca el fin de la carretera, ahora empiezan 45 minutos de un recto terraplén al sur y que gracias a dios siempre está en buen estado. Paralelos a la vía, uno a cada lado, hay un par de amplios y extensos canales de riego para el arroz, tan extensos como los vastos campos de cultivo que se extienden más allá de donde alcanza la vista.
¡Al fin una curva! Llegamos al lugar nombrado "El 13". Desconozco si se llama así por el número del lote que colinda con el terraplén, o porque es el km 13 a partir de no sé dónde. A partir de aquí se nota que nos vamos acercarnos a la costa, ya se dejan de ver las arroceras y empieza a observarse el marabú a ambos lados mientras el terraplén, bueno aún, se hace más estrecho. Seis y cuarto y llegamos al puesto de la Forestal. Aquí dejamos seguir el dichoso terraplén que no termina hasta la playa Dayaniguas, unos cinco kilómetros más abajo, en el mismo centro del perímetro interior de la ensenada que le da nombre al caserío. Nuestro destino es el extremo izquierdo de dicha ensenada, conocido como Punta de Carraguao.
De este punto en que estamos, hasta el lugar donde termina el viaje quedan todavía siete kilómetros, que se convierten en 35 minutos de un tortuoso camino. El primer par de kilómetros es por entre campos de pinos y eucaliptos sembrados por la empresa forestal. Según se avanza  el marabú se hace más profuso, tanto, que el lugar al que estamos llegando ahora  se le dice "El túnel" debido a que en los próximos 2 km el camino, junto con el tractor, es tragado literalmente por el marabuzal, a derecha e izquierda la vista no sobrepasa los 15 - 20 metros, más allá el muro del  marabú es infranqueable hasta para los ojos, por encima de nosotros los gajos de la espinosa planta van siendo apartados por el tractor, mientras que en la carreta nos agachamos para no ser golpeados por las ramas que cuelgan de arriba.
Lentamente, entre baches y huecos, curvas y promontorios, frenazos y acelerones, marabú y polvo, y la oscuridad y claridad, el vehículo continúa su avance. Al menos ya se va acabando el marabú, abundan en este tramo el guano espinoso y la yaya. Dentro la carreta ya se ven las caras de la gente. El silencio predominante desde hace un rato va cambiando, primero uno que otro murmullo, y después a risas, cuentos y bromas. En la parte de alante, Pablo, con tono jodedor y hablando alto cómo para que todos se enteren, se burla de susto que se llevó Guillermo el año pasado con un caimán. Cuenta él que Guille estaba sentadito cómodamente, pescando pataos cómo siempre, en el extremo de un mangle pronunciado unos cinco o seis metros sobre el rio, cuando a mitad del cauce ve a un caimán y empieza a gritarle para azorarlo, pero la bestia en vez de zambuirse y perderse, viró hacia el Guille y moviendo la cola alegremente, igual que un perrito, vino hasta donde él estaba y se quedó reposando justo encima de la rama del frondoso mangle que ya Guillermo había abandonado mientras le gritaba oprobios desde la orilla. Mientras unos se ríen, otros celebran la anécdota con un sorbito de café y un cigarro los que fuman.
Ya casi llegamos. Amaneció. El lugar en que estamos se nombra "El rincón del guevú" * y es el destino final del viaje. Es un arenazo del tamaño de un campo béisbol rodeado por una cortina de verde mangle de 6 metros de altura. 200 metros más allá del manglar y bordeándolo está el rio Carraguao al cual le falta aún más de un kilómetro para desembocar en la mencionada Punta de Carraguao. La gente se anima, unos recogen sus mochilas del piso de la carreta y otros sus "jolongos", para tan pronto se detenga el tractor, lanzarse contra el manglar en una carrera de doscientos metros con obstáculos.
* Sic. La voz culta parece que es “huevudo”, pero no por fina es correcta: El lugar se llama El Guevú, como dice el cronista.

Somos tres tipos de pescadores, los sabaleros, los pataeros y los lebrineros-camareros. Los sabaleros pescan de la orilla con betas de más de 100 libras de resistencia, dedican todo el día a la pesca del sábalo; la carnada que utilizan son trozos de claria y su técnica consiste en engoar primero con varias libras de claria bien troceadas lanzándolas a mano lo más cercano al centro del rio que les sea posible, para posteriormente fondear una o dos betas de calibre descomunal y finalmente, con otra beta de menor calibre " revolear" constantemente.  Este año se han ido en blanco toda la temporada, verdad que han perdido buenas picadas, pero ese pez ha picado poco este invierno. Quien único salvó la honra ha sido Rafael, un señor de Paso Quemado que a finales de diciembre sacó uno de 1.80 mts y alrededor de 100 libras.  Sin embargo, tres de ellos afirman, que en el mes de julio, en pleno verano, en un día sacaron 24 sabaletes de entre 20 y 30 libras.
Los pataeros pescan exclusivamente pataos, son los que generalmente realizan la pesca más numerosa. He visto que en un buen día, un pescador experto capture más de 200 ejemplares de alrededor de una libra en promedio. La carnada que usan es "escaramuja" y la extraen de la uña de mangle a orillas de rio. Con escaramuja he visto que también se les pega algún que otro lebrin e inclusive alguna cubereta. Su técnica consiste en buscar un mangle frondoso que se extienda sobre el rio, trepar a una rama que soporte el peso del pescador y esté a pocos centímetros de la superficie y sentados hacer los lances. Para ello utilizan una línea de nylon de 8 a 10 libras de resistencia, sin plomo y con un anzuelo pequeño, al que le clavan la escaramuja no sin antes reventarla con los dedos. Cada 15, 20 o 30 minutos, en dependencia de cómo esté la picada hay que escaramujear, o sea romper con la mano puñados de escaramuja y dejarlos caer al agua a fin de tener al peje engoado. El patao, al menos con escaramuja, no pica cómo la mayoría de los peces, lo que hacen es chuparla, por lo que se requiere práctica para notar cuando te pican y cobrarlos. El nailon se deja caer lenta y verticalmente hasta aproximadamente dos cuartas del fondo que puede alcanzar, a 2 metros de la orilla, los 5 - 6 metros de profundidad. A cada tanto, si no ha picado, se da un tironcito a la línea para provocarlos.
El último grupo, que es al que pertenezco, es el los camareros - lebrineros. Esta pesca se hace en cámara, es decir, un neumático inflado. La carnada suele ser calandracas, lombrices de tierra, camarones de rio e incluso trozos pequeños de pescado fileteado. La mayoría de las capturas son lebrines, que en otras partes llaman tilapias, aunque también se pegan chopas, cuberetas, mojarras y picudillas. La pesca consiste en hacer lances hacia la orilla que puede estar de  seis a ocho metros de la cámara, buscando siempre que el anzuelo caiga lo más cerca posible de la orilla. Los lebrines más grandes que he capturado han pesado 4 libras aunque normalmente la mayoría ronda una sola. Pescadores submarinos me aseguran que han capturado ejemplares de 6 libras.
Por fin el tractor se estaciona a unos 40 metros del manglar, justo frente a un trillo que lo atraviesa y termina en el borde del rio. El primer grupo, los furiosos, ya avanzan por el trillo, otros cogen un diez y se preparan para entrarle, y un tercero, los camareros desenfundamos los artefactos y hacemos cola para inflarlos con el compresor del tractor.
Con el neumático al frente y las mochilas a la espalda camino por el trillo por dentro del tupido manglar. Doscientos metros tortuosos, charcos fangosos en que te hundes hasta la rodilla, ramas que se enredan con la cámara, troncos atravesados que a veces hay que bordear y otras saltar.  Cojo un respiro a mediación y me doy ánimo diciendo que ya casi llego. Continúo la lenta marcha y a medida que me acerco al rio el terreno es más seco y el manglar más alto y menos tupido. Ya veo el rio, ya veo el alto, el lugar por donde prefieren entrar al agua los camareros. Unos ya están dentro, otros a punto de entrar,  y un último grupo, rezagado,  de los que oigo su voz dentro del manglar.
Tiro la cámara al suelo, me quito las mochilas y empiezo a prepararme. Observo el rio, reparo en sus cuarenta y pico de metros de ancho en este tramo. Aún humea con la frialdad de la mañana. Hay vaciante: bueno para el lebrin y malo para el patao, pienso para mí. Rio abajo se ven aguajear  como de costumbre a esta hora los sábalos.
Tanto el jamo cómo el recipiente con la carnada los amarro a la cámara por la parte de la derecha, el bolsito con los avíos de pesca me lo cruzo diagonalmente por sobre el hombro izquierdo, en él van, además de los avíos, el pomo de agua, el café y la merienda. Me quito las botas, las meto en una jaba plástica y amarro un asa contra la otra. Las coloco dentro de la mochila roja, que a su vez meto dentro de la mochila negra y esta a su vez, con una liga, es amarrada a la parte trasera de la cámara. Echo la cámara al agua, ajusto bien el cuchillo con su vaina a la cintura, tomo las patas de rana y, con el agua a la rodilla, me siento dentro de la cámara, me pongo primero la izquierda y después la derecha y !A pescar!

Carraguao y San Diego son los dos ríos que desembocan en la ensenada de Dayaniguas, el primero por el extremo izquierdo y el otro por el lado contrario. El Carraguao, protagonista de este relato, termina en Punta Carraguao o cómo se conoce entre la gente del giro: El Bajo. Le dicen así porque en la desembocadura el rio arroja todos los sedimentos que arrastra formando una extensa área del varios kilómetros cuadrados donde la profundidad del agua apenas llega a la cintura de un hombre, dejando apenas un canalizo algo profundo y ancho por la parte derecha, donde la corriente es más fuerte y transitan las lanchas cuando van o regresan del rio.
El rio es navegable varios kilómetros aguas arriba. En época de la colonia y un poco más acá entraban barcazas en las que se cargaban para La Habana maderas, carbón vegetal, azúcar y tasajo. A unos tres kilómetros rio arriba y por el lado de la derecha viniendo del mar existen todavía rastros del antiguo embarcadero, en este lugar se hacía el trasbordo de las cargas y había una bodega propiedad de un gallego y en él las embarcaciones, además de la carga acostumbrada, se aprovisionaban de agua potable y alcohol. Subiendo el cauce, el lado izquierdo es más profundo. El derecho, más fangoso. La vegetación a ambos lados es alta y tupida desde el mismo borde, protegiendo a los pescadores del viento, y de las mareas los días de mal tiempo.

Los camareros nos separamos en dos grupos, los que pescan en el rio y los que van a hacer pesca al bajo, que comienza justamente en la desembocadura. Yo pertenezco a este último. De donde me trepé a la cámara hasta la desembocadura hay mil doscientos metros, tramo que, con la corriente a favor, se hacen en cuarenta minutos sin mucho esfuerzo. Mientras se avanza en la cámara por el centro de rio, vemos los dispersos pataeros trepados hace rato en las ramas de mangle que se pronuncian sobre el rio. Uno de ellos me pide que le alcance unos gajos con escaramuja. Sin mucho esfuerzo me acerco a la orilla, corto un par de gajos bastantes copados y se los alcanzo en sus manos mientras aprovecho para encender un cigarro y darme un traguito de café.
Los cuatro camareros que avanzamos de espalda rio abajo no llevamos apuro, sabemos que el lebrin no picará hasta que el sol caliente un poco. Tampoco hacemos lances en este tramo, simplemente hablamos de cualquier cosa y bromeamos con los pescadores conocidos que vamos descubriendo en la orilla diciéndoles o preguntándoles cualquier bobería: que “si tiene un poquito de almuerzo que el mío se me quedó”, que “si los pataos que tu cojas me los como yo con espinas” o que “cuidao con el caimán que está detrás de ti”.
Sí, hay caimanes en el rio, no muchos pero los hay. Parece fue tanta la depredación años atrás que evitan a las personas. Nunca persona alguna ha sido atacada. El único caso que he visto sucedió con un submarinista loco, que bajo una solapa hundida, y la escopeta ya casi sin aire, intentó capturar uno de tamaño respetable, la varilla rebotó en la piel del animal y al intentar este huir del lugar por la única vía posible, se encontró con el tipo, y con una de sus patas delanteras le causó varias heridas en la mano derecha. Lo gracioso del suceso ―si hubo algo gracioso― es que yo, que estaba relativamente cerca, al oír la gritería de la gente y acercarme al lugar, vi al tipo discutiendo, en la orilla, con dos de sus compañeros; estos intentaban quitarle la escopeta y él que no, que ese caimán era "hombre muerto" y que "lo que me hizo me lo tiene que pagar". Cuando volví a verlo a la hora de la salida ya el hombre tenía la mano cómo un jamón. Jamás lo he vuelto a ver.
Los camareros sabemos que hay que tomar precauciones. En este estero no es conveniente andar solo. Lo ideal es andar en parejas o tríos y hablar o cantar todo el tiempo para si por casualidad hubiese un caimán cerca  este abandone el lugar. Se han dado casos de camareros solitarios, que avanzando de espaldas y en silencio han tropezado con una bestia de estas en estado atontado y créanme que el susto es de infarto. Pero no sólo por los caimanes no se debe andar sin compañía. También se te puede reventar o rajar el neumático lejos de la orilla. Si andas con otro no hay problemas, amarras tus cosas a su cámara, te pasas para la otra y navegan hasta la orilla apropiada. Si vas sólo no queda otra que perderlo todo menos la vida, dejarlo todo y lanzarte ligero a nado a la orilla.
A los cuarenta minutos de travesía en cámara llegamos a "La combinación", lugar que marca el fin del rio. Esta “combinación” es un canal artificial que atraviesa el manglar de este a oeste de unos 15 metros de ancho, 2 de profundidad y 400 de largo hecho con dinamita por los gallegos a inicio del siglo anterior para acortar distancia en el trasiego, fundamentalmente de carbón vegetal, entre el caserío de Dayaniguas y los carboneros que vivían o trabajaban en la rivera de rio. A partir de ahí comienza el bajo. Por la derecha el manglar continúa recto hasta uno dos kilómetros más adelante, pero por la izquierda el mar se abre de a poco hasta llegar mar afuera.

Aquí empieza mi pesca.

14/8/18


EL SINDROME HEMINGWAY

© Ismael León Almeida (2018)

Líderes de opinión, personajes mediáticos de los ámbitos de la cultura, las ciencias, puede que incluso de las religiones, o políticos con más o menos carisma, marcada o no tendencia a la manipulación o el autoritarismo, y con menos fortuna o influencia algunos periodistas, suelen dejar en la gente la huella de sus opiniones, muy comúnmente en la forma de frases recordables, de “pensamientos”, de consignas.
Tales mecanismos de comunicación son comparables a los resúmenes de obras relevantes de la literatura universal que algunas publicaciones han creído hacer un servicio a la humanidad divulgándolas despojadas de su elevado volumen. De modo que  a veces ni siquiera puede responsabilizarse a los autores de los mensajes del modo en que sus textos son difundidos. A veces sí.

Afirman que una de las expresiones sintéticas favoritas de mi país fue escrita por el novelista Ernest Hemingway: “En Cuba hay la mejor y más abundante pesca que he visto en mi vida”. Aunque no en los últimos tiempos, hubo una época en la que se le hallaba impresa en artículos, pósteres y folletos publicitarios. Procede de la crónica “El gran río azul”, publicada por este autor en la edición de la revista Holiday de julio de 1949. Una versión muy confiable de ese escrito nos permite acercarnos a lo que originalmente escribió el novelista:

...the biggest reason you live in Cuba is the great, deep blue river, three quartes of a mile to mile deep and sixty to eighty miles across, that you can reach in thirty minutes from the door of your farmhouse, ridin through beautiful country to get to it, that has, when the river is right, the finest fishing I have ever know*.

Y es que para hablar de pesca recreativa se ha creado la impresión de que Ernest Hemingway es desde todo punto de vista la autoridad máxima, y no se puede desestimar cuánto contribuyó él mismo a esa notoriedad: en su temprana juventud como redactor del prestigioso semanario Toronto Start, el primero en aceptar sus escritos y divulgar su firma, el muy joven Hemingway jugó a ser maestro de los curtidos pescadores canadienses, sermoneando a sus lectores respecto al uso de carnadas naturales para pescar truchas en los arroyos, en tanto se permitía poner en duda el método clásico del deporte fluvial: “Las revistas de pesca han propagado la ficción de que los caballeros no han de capturar una trucha de ninguna otra manera que con una vara de pesca a mosca de 45 dólares” **. Uno se queda con la idea de que el bisoño corresponsal está luchado contra el costo de los avíos y se opone además a la tendencia clasista a determinar las prácticas en la pesca, pero un lector paciente de sus escritos lo que realmente halla es que gustaba continuamente usar los avíos de pesca a mosca para pescar con lombrices de tierra, saltamontes y otros bichos atractivos para los peces. Nada que criticar, en fin, eran su avío y su pesquería.

Cuando el turismo de pesca alcanzó un sorprendente resurgir en las aguas cubanas, en los pasados años noventa, curiosamente sin mediar auge de visitantes norteamericanos como había ocurrido en 1978, el famoso torneo internacional Ernest Hemingway, por muchos años establecido en la marina que también lleva el nombre del escritor en La Habana, comenzó a tener réplicas novedosas, que afortunadamente adquirieron sus propias denominaciones, para beneficio de los periodistas y sus lectores.

De acuerdo con esta tendencia, pronto la marina Tarará, al este de la capital cubana, fundo su certamen titulado “El viejo y el mar”, que duró varios años, y otro más, titulado “La Hispanidad”, para pescar los buenos casteros de otoño. Varadero convocó en 1995 su audaz certamen “Gregorio Fuentes Betancourt”, también con la promesa de agujas, cuya tercera sesión de pesca contó con la presencia del viejo patrón del yate Pilar. En septiembre de 1991, con la participación de cuatro equipos de pescadores de las Islas Caimán, estrenó el suyo Cayo Largo del Sur, que en pocos años descubrió sus posibilidades para la pesca a mosca, hoy día con unos cuantos grand slams a su cuenta. Hubo cuatro capturas de peces de pico, pero en los años siguientes no reaparecieron estas especies, para hallar las cuales las embarcaciones tenían que navegar 30 millas hasta los pesqueros. También se sumó en su momento la marina de Santiago de Cuba, que al menos en una ocasión sacó a torneo la pesca de peces de pico, con asistencia de embarcaciones del club Ocho Ríos, de Jamaica. Larga fue la cuenta de seguidores de la tradición de la pesca de agujas inaugurada en La Habana con los eventos de los clubes del Big Six, cuyo puerto más relevante de salida fue el muelle del Club Náutico Internacional de La Habana ―técnicamente, la primera marina internacional cubana―, sobre un espigón a la entrada de la bahía capitalina. Ya en años del actual milenio, nace en la cayería Sabana Camagüey, archipiélago septentrional del centro-oriente del país, el torneo Jardines del Rey, cuya estabilidad ha sido notable, y que inteligentemente apuesta por las agujas que aparecen en octubre por la franja septentrional del extremo oriental de la Isla, siguiendo la corriente a lo largo del tramo del Canal Viejo de las Bahamas.

La variante turística de la pesca recreativa cubana, concebida de modo estrictamente exclusivo para clientes extranjeros, ya había tenido un certamen de pesca de la trucha (black bass) en 1978, logró productos muy notables durante una o dos décadas y decayó, mientras los aficionados cubanos en sus certámenes ganaban habilidades de año en año en su extraordinario torneo Incendio de Bayamo, convocado desde 1983 cada mes de enero en un embalse del oriente de la isla. Entretanto, evolucionó la pesca recreativa cubana  hacia el descubrimiento de cotos de pesca marítima de avíos ligeros, preponderantemente mediante la modalidad fly fishing, aunque su agenda de torneos ha tenido escaso avance, si exceptuamos un solitario certamen efectuado en 2001 en Cayo Largo del Sur, por iniciativa de la agencia Casa Batida Fishing Club, años después desplazada del negocio por un competidor foráneo de sorprendente auge territorial en el país de economía socialista.

Entró verdaderamente la pesca a mosca a Cuba en 2006, cuando una iniciativa del Parque Nacional Ciénaga de Zapata creó un torneo de la modalidad, titulado Zapatafly, convocado en 2006, 2008, 2009 y 2010, luego desaparecido sin razón hecha pública, en cuyas pruebas se estrenaron como mosqueros medio centenar de competidores entre ellos, por primeva vez, guías de pesca de diversos enclaves turísticos del país, y unos cuantos aficionados que lograron dominar los exigentes ejercicios del forward cast- back cast, y retar macabíes y, sólo en la primera ocasión, también sábalos. Verdaderos logros de Zapatafly fueron la introducción de las pruebas de habilidades en el lanzado a mosca y sobre todo los talleres de discusión teórica, demostración de que una nueva generación de aficionados a la pesca, con capacidad de observación y conocimientos técnicos, tomaba la vanguardia, poco menos que en silencio. 

Mencionar a Hemingway, cuando se va a tratar acerca de la pesca recreativa en Cuba, sigue siendo una práctica corriente, saldo de un reconocimiento auténtico. Pero falta todavía un examen integral del legado del escritor norteamericano a esta antigua actividad de tiempo libre, que en su momento quedará plasmado desde el punto de vista de sus huellas biográficas y sus expresiones en periodismo y literatura, incluso en un raro y relevante capítulo técnico, “Marlin off Cuba”, resumen de sus aprendizajes tras un mes de intercambio con dos científicos de la Academia de Ciencias de Filadelfia, de quienes fue anfitrión a bordo del Pilar durante la magra temporada de pesca de 1934.

El “Sindrome Hemingway”, en resumen, define la tendencia a identificar la pesca recreativa cubana con lo más conocido de la orientación del novelista en este deporte, verdadera leyenda en la Corriente del Golfo a la vista de las costas cubanas, desde Cayo Médano de Casigua hasta el mismo archipiélago de Sabana Camaguey, siempre alerta desde el puente volante al pez que sube a la superficie para correr con el viento a la caza de peces voladores y dorados. Por extensión, tratar asimismo de emular el éxito del torneo que lleva el nombre del novelista. El pescador aficionado actual, más informado y sensible respecto al recurso natural base de su disfrute, suele tener una mirada más amplia sobre las posibilidades de su afición, y algunos de ellos consideran válido lo mismo lidiar el gran castero en el océano abierto, como un pequeño sunfish que ha tomado una mosca al extremo del líder de una caña 2 wt. El antídoto al “síndrome” en la pesca recreativa cubana comienza a perfilarse, en la medida en que la investigación científica y la difusión de textos especializados contribuyan a la formación de guías de pesca, organizadores de torneos, especialistas turísticos y aficionados más comprometidos con la conservación y con una visión más integral respecto a los múltiples beneficios que el disfrute lúdico del entorno acuático y marino pueden ofrecernos.

 

* Ernest Hemingway, “The great blue river”, en: William White (compilador), By line: Ernest Hemingway. Simon & Schuster, New York, 1998, pág. 404.
** Ernest Hemingway, “Fishing for trout in a sporting way”. The Toronto Star Weekly, April 24, 1920. En William White (compilador), Ernest Hemingway. Dateline: Toronto. Charles Scribner’s Sons, New York, 1985, pag. 22. El texto original en inglés, del comienzo de la crónica, es el siguiente: “Sporting magazines have forested a popular fiction to the effect that no gentleman would catch a trout in any manner but on a fly on a nine foot tapered leader attached to a double-tapered fly line cast from a forty –five dollar four-and-a-half-ounce rod”.


27/10/16

CON ALCIDES EN PLAYA GIRÓN
Durante una visita familiar a Playa Girón, provincia de Matanzas (Cuba), conocimos al Sr. Alcides Sarría Fish. Adviértase que el segundo apellido no es reclamo comercial, sino auténtico linaje de ascendiente, pues proviene este señor de haitianos, lo que nos coloca, por el lado idiomático, ante una auténtica herencia caribeña, donde los idiomas y trazas culturales cubren medio milenio de mixturas, lo cual no es de asombro para los que por el mar antillano residimos, sino cosa de todos los días.
Breve fue la conversación con Alcides, aunque sin prisas. Alojados estuvimos en la casa que renta en la localidad costera, tomando la carretera hacia Caleta Buena. Supimos que es entendido en el submarinismo, y pusimos sobre todo atención a su dominio de las artes haliéuticas: ¡la pesca!
Tecnología digital mediante, nos trajimos hasta el blog sus capturas de petos, agujas de abanico y hasta casteros, todo desde un bote de remos corriente. Verdad es que se trata de pesquerías a cordel, usando carnada viva, nos dice el Sr. Sarría Fish, capturas destinadas a consumo, pero la potencialidad de una práctica deportiva de tales trofeos, a corta distancia de la costa, la estamos viendo venir. Solo hace falta un pequeño ajuste y es que surja la posibilidad de que algunos pescadores puedan ejercer en privado la pesca como oferta turística, dando sitio a una actividad de trabajo por cuenta propia de real valor agregado y utilidad para el país.
No cualquiera ni de cualquier modo, atiéndase, porque aparece por ahí algún alarmista que interpreta el criterio de manera festinada. Pero pescadores con probada calificación, en base a embarcaciones que cumplan estándares elementales de seguridad y confort, y antecedida la oferta de un estudio de factibilidad económica y de resultados de captura, por temporadas... entonces sí.
Hay por el archipiélago unos cuántos que han hecho su vida sobre el agua y los entiendo suficientemente profesionales, experimentados, honestos, para adentrarse en el delicado negocio de la hospitalidad. Algunos son guías de pesca cuya vida laboral está contando sus últimos salarios...  Quienes tienen noción del valor de la pesca recreativa como producto turístico saben que tales individuos, algunos de ellos con títulos universitarios y sorprendente dominio idiomático ―en pesca no, en pesca son sencillamente sabios―, tendrían que ser en un planeta lógico los maestros de los que vendrían detrás para aprovechar el recurso natural que es fuente de un privilegiado producto turístico. Y ser los directivos de las agencias receptivas, jefes de flotas, asesores de los tomadores de decisiones, de la publicidad, de la compra de material logístico adecuado, de los requerimientos particulares que clientes tan específicos como los aficionados a la pesca tienen respecto al alojamiento, la alimentación, el transporte y todo tipo de servicios anexos al elemento principal, que es la pesca.
Lo otro es dejar la cuestión en manos foráneas, mejor si las manos son pocas.
Por lo pronto, Alcides, como cualquiera que respira el salitre en un archipiélago donde el mar está siempre al alcance de la mano, tiene peces para mostrar que harían a unos cuantos aficionados tomar un avión en Montreal, New York, Miami, Londres, Madrid... ¡Moscú!, ¡Pekín!





27/8/16

Gibara. Pescadores y algo más.
Por Rafael Ramón Bauza Diez
Aquí en Gibara donde nací y he vivido por más de 55 años no me deja de maravillar la naturaleza de su gente. No crean que no he visto el mundo y alguna de sus  cosas, tal vez no tanto como otros, pero si estoy seguro que un poquito más de lo que es normal por acá, y  aunque mi Cuba tiene lugares hermosísimos y hermosa gente desde el  Faro de Punta Maisí al de  Cabo San Antonio a cuyos torreros saludaba con alegría  por la radio- fonía en mis años más juveniles de marino, en  bojeos al Caimán  a bordo de la Motonave Isla de la Juventud, he de reconocer  que nunca he podido ser imparcial en asuntos  que relacionen a mi Villa.
Y es que Gibara y mis compatriotas atesoran  un encanto especial, que me ha prendado para siempre y no me ha dejado salir del lugar. Creo que tal vez nace de su primigenia condición de sitio de encuentro de las dos culturas, al primer  roce mágico  de sus naos en  tierra de Carenero -decidido por Cristóbal Colón-, más extasiado por la  belleza del paraje, que preocupado por la seguridad. O tal vez por la bendición de una naturaleza exuberante y única, que promovió esa famosa frase de:   ¨ Cuba es la tierra mas fermosa….¨.
Uno de los encantos que me cautivan de este lugar es la predisposición natural de la gente al Arte de Pescar.
Desde los tiempos  remotos, la prolifera diversidad biológica  de sus costas, tiene que haber sido fuente invaluable de alimentos al poblador originario.
En la bahía de Gibara afluyen dos pequeños Rios: Cacoyoguin, remontado por los descubridores hasta una aldea Taina que evidencias arqueológicas ubican en un abra cerca de una zona llamada El Catuco y el actualmente nombrado Rio Gibara.
La relativa poca distancia entre ambos  y la forma de sus desembocaduras  motivó a Colón a nombrar a la recién visitada región como Rio de Mares.  Aquí conocieron por primera vez a un nativo humeando por sus orificios nasales degustando la luego difundida y dañina hoja del tabaco.
En esa disposición de ríos,  sus desembocaduras y humedales hallan fértil protección miles de especies de peces y crustáceos que han signado la vida y tradición del poblador.
Puedo mencionar algunos tan exóticos y caros como la Angula, alevín de una especie de  Anguila que viaja por el Océano Atlántico  desde el Mar Rojo al interior del Rio Cacoyoguin, a crecer. U otro tan común como la Coquina, bivalvo muy abundante en la Costa de Las Balsas, alimento de la gente sencilla,  pasando por cientos de especies muy apreciadas  que incluyen tres tipos de camarón (peludo, blanco y saltarín), ostras, ostiones, lisas, robalos, mojarras, cuberetas, sardinas, sables, biajacas, sábalos, etc.,  En sus humedales el cangrejo Blanco y Moruno, alimento preciado por los más humildes de antaño y manjar hoy de mesas pudientes.
Ayuda invaluable al Gibareño que en periodos de más aguda carestía ha tenido en sus costas una esperanza de sostén, conformadora de una personalidad aventurera y audaz capaz de encontrar en lo incontrable, medios de subsistencia, cada niño de esta Villa aprende a pescar, junto que a leer  y se extasía con las mágicas historias de pesca de sus mayores. Yo soy uno de ellos y aquí me tienen. Anclado.
Y porque me gusta compartir invito a todos a conocer esta Octava Maravilla.

8/8/16

Oda a la balsa

 Por Moisés Mayán
No se trata de la legendaria Kon-tiki del aventurero noruego Thor Heyerdhal, ni siquiera de los gigantescos árboles que crecen en las selvas suramericanas. Comenzaremos diciendo que todo pescador, fue primero un pescador de orilla. Recuerdo mis inicios, vadeando con el agua a la cintura mientras trataba de dirigir el tiro de una vara de bambú a los tentadores macíos. A veces, ni siquiera me humedecía los pies, y sentado desde una de las piedras blancas del dique, ensartaba biajacas y guabinos.
Sin embargo siempre me causaron curiosidad aquellos seres que se desplazaban silenciosamente en sus enigmáticas balsas, los afortunados que hacían coincidir a sus anchas, ojo y anzuelo. La balsa, es si se quiere un eufemismo, en realidad estamos refiriéndonos a una simple cámara de neumático de camión, transformada por la capacidad innovadora de nuestros pescadores, en uno de los avíos más útiles del equipo. La cámara, término popularizado en el Oriente de Cuba para definir a estas balsas, representa una manifiesta ventaja para el pescador fluvial, un nuevo nivel en el desarrollo de su técnica, incluso superior a los que pueden proporcionar los tradicionales botes de remos.
El primer aditamento que se le incorporó a la cámara de camión fue un sillín, que consistía en un rústico asiento de nylon en forma de triángulo, atado por tres cuerdas a la circunferencia de caucho. Los pescadores de balsa de la década de los 90, prescindían del empleo de patas de rana, sobre todo debido a la escasez y al precio de estos dispositivos, y continuaban utilizando ensartas para preservar las capturas. Era común que no pocos aficionados recurrieran a paletas de madera, plástico o acrílico, para garantizar un mejor desplazamiento en jornadas ventosas. Sin embargo, la balsa entró en un interesante proceso de modernización buscando la comodidad del pescador y la eficacia de sus accesorios.
Los pistones de auto fueron sustituidos por pistones más gruesos, algunos fabricados de aleaciones metálicas resistentes a la oxidación causada por el agua. Estos pistones perseguían el objetivo de expeler ―una vez desenroscada la válvula― el aire con mayor velocidad, hecho que facilitaba la organización de los avíos en menor tiempo. Además era mucho más factible, si el pescador carecía de una bomba, y estaba por lo tanto obligado a inflar el neumático soplando con su boca. El asiento en forma de sillín se modificó adquiriendo la forma de una franja de nylon o lona que cruzaba la balsa, y se ajustaba mediante sogas o cintas. Algunos asientos poseen un núcleo interior de poliestireno expandido que le proporciona una flotabilidad adicional. Las ensartas presuponían el riesgo de que los peces capturados se acercaran demasiado a la balsa perforándola con sus aletas dorsales, además de la relativa facilidad de esta cuerda para enredarse en los pies de los pescadores, el sedal de la vara, o la línea de mano. Por lo tanto, la próxima reforma contempló la inclusión de un saco de nylon, ajustado con ligas de caucho a la parte delantera de la balsa, complemento que no lastimaba las agallas y branquias de los ejemplares manteniéndolos vivos durante varias horas más.
También surgieron otras improvisaciones, como la ubicación de enseres para preservar camarones de agua dulce o lombrices de tierra, cebos naturales de marcada aceptación popular. Una guía o cordón que conectaba el cabo de la vara con la cámara, impidiendo que en un accidente o descuido se fuera hasta el fondo del embalse, fue otra de las creaciones más celebradas. Las patas de rana se hicieron absolutamente necesarias como parte de los avíos, y la balsa emergió como la infatigable conquistadora de nuestros espejos de agua. Presencia obligatoria para lograr lances exactos, y trabajar a los peces anzuelados desplazándose dentro de su zona de picada, algo similar (salvando todas las distancias) a los efectos que consiguen las embarcaciones motorizadas durante la pesca al curricán.
Luego de imponer su supremacía en los embalses, la cámara asaltó de igual modo los espacios marítimos, sobre todo en zonas bajas y sobre cabezos y barreras coralinas, aunque tenemos constancia de especies de pico capturadas desde balsas con líneas de mano. La preocupación actual de los pescadores gira en torno a la modernización de los neumáticos, que han comenzado a prescindir de cámaras de aire lo que podría dar al traste en el futuro con esta vital herramienta. Mientras tanto, seguimos alejándonos de la orilla, confiados al centro de nuestra balsa, en la incesante búsqueda de la picada.

14/6/15

VOYAGES DE PÊCHE, OTRA VEZ EN CUBA
                                                                                           Para Damián F. A., en Ecuador

Entusiasmado hallé a Julien Lajournade, Redactor Jefe de la revista francesa Voyages de Pêche, al terminar su reportaje de pesca en el occidente cubano. Había pasado la primera semana de junio a bordo de una embarcación que llevaba a un grupo de aficionados europeos a explorar las aguas de la plataforma en torno al Cabo de San Antonio, uno de los sitios míticos de la Isla para los aficionados que practican el spinning, aunque el acceso no es ciertamente fácil en la extensa península para los nacionales.
Amigos de internet hechos reales, pescador y periodista a un lado y otro de la agenda, tuvimos un diálogo sin formalidades a menos de dos horas de que volara él a París y tomara un servidor el P-5 de retorno a los cuarteles de La Coronela, para la empecinada labor de cada día. Este era domingo y vespertino.
― ¿Qué estuvo usando, Julien, para esa zona?
― Línea de 120 libras, multifilamento, en un carrete Shimano Stella; vara Smith.
―  Fuerte cordel. ¿Y cómo estuvo la picada?
― Mucha, mucha barracuda. Un black grouper ―en Cuba llamado bonací ―de unas 56 o 58 libras. Una que es familia de la cherna, con un tono rojizo en las escamas...
― El color parece de cabrilla ―se intercala, mirando una imagen―, pero si lo es, con ese tamaño es una gran cabrilla...
― Cuberas poderosas, que salen de lo profundo contra el Popper y muchas veces rompen la línea.
― Sabíamos de cuberas descomunales que van a la superficie a tomar el señuelo, con una explosión en el agua. ¿Trabajaban sobre aguas muy profundas?
― Sobre el veril, pero el señuelo trabaja entre 10 y 15 metros de profundidad. ¡Ah! –muestra otra imagen en la pequeña pantalla de la cámara- y esta rabirrubia.
Siguió Lajournade pasando por el cuadradito luminoso jiguaguas, coronados, albacoras, meros, y pargos.
― Todos fueron soltados, pero algunos pargos los cocinamos.
― Todo correcto, Julien. Ningún terrícola debería de dejar de probar un pargo criollo siquiera una vez en la vida. Ha sido el pez más venerado en la mesa cubana desde la época en que el curioso Parra, el sabio Poey y el ameno Vilaró se preocupaban por reunir noticias de la ictiofauna cubana desde finales del siglo XVIII.
La pesca fue realizada siempre con señuelos artificiales, bastante dimensionados y en todos los casos de factura japonesa, que son hoy día los preferidos en Francia, dice. Los chinos venden a precios bastante bajos, pero la calidad del material de pesca es inferior.
― Tengo curiosidad por saber si Voyages de Pêche es una de las antiguas revistas de pesca en Francia.
― Voyages de Pêche comenzó a publicarse en 1997 y no es de las más antiguas. Hoy día tampoco es la única que se dedica a viajes de pesca. El director fundador fue Georges Thévenot y este mismo año asumió su conducción Stéphane Uzan. Se distribuye en países de habla francesa, como Bélgica, Suiza, Martinica, Guadalupe y nuestro país, por supuesto. También en Marruecos y Túnez.
― ¿Cuántas revistas en total en el país?
― Hay unas quince publicaciones en este deporte en el país; solo dedicadas a la pesca de la carpa, por ejemplo, hay seis revistas.
― ¿Cómo evoluciona el perfil de Voyages de Pêche?
― La revista se dedica a la cobertura internacional de viajes de pesca, no de la pesca deportiva local, que es ocupación de la mayoría de las otras revistas. En Francia los viajes de pesca no eran tradición; se inicia en los años 1965 a 1970, con el desarrollo del turismo de agencias. En los primeros tiempos se viajaba a islas Mauricio, México, a Canadá para la pesca del salmón, y al oeste africano, en Senegal, Costa de Marfil y Gabón, por ejemplo, había centros de pesca hace un cuarto de siglo y se conocía bastante la pesca del pez vela del Atlantico y el sabalo (tarpon).
― Hemingway hizo esa pesca del pez vela desde Mombasa, en la costa de Kenya, por cierto ― intercala el bloguero. 
― Sucede que la pesca comercial en el mar, con los barcos y equipos electronicos modernos, es muy impactante, para las lubinas (el “bar”, Morone labrax) y atunes rojos (“thon rouge” Thunnus thynnus) entre otros. Por un atún de 250 kilogramos podían pagarse una fortuna en Japón, cientos de miles de US dollares; la lobina de mar cuando es salvaje y pescada de manera artesanal con ligna a mano (“bar de ligne”) se puede pagar en Paris, Francia, 30 Euros el kilogramo, 50 durante  la Navidad. Pero son los barcos grandes con netos gigantes que pescan los reuniones de lobinas que hacen muchos daños.
―... las modalidades de los primeros tiempos eran básicamente el trolling y el casting. En el avance de este último influye la revolución de las braid lines (líneas de multifilamento) en los noventa y la entrada en función de los señuelos artificiales, rápalas, poppers..., en la pesca de alta mar. 
― ¿Qué caracteriza hoy mismo la pesca deportiva francesa?
― Hoy día lo más importante para la afición del país es la pesca de la carpa, y la del lucio con señuelos artificiales. En el mar sería la pesca de la lobina de mar, el sea bass en las costas del Atlántico, y la del atún rojo en el Mediterráneo.
― ¿Hay pesca a mosca?
― La pesca a mosca declina; hay treinta pescadores a spinning por cada pescador a mosca. No gusta a los jóvenes, que prefieren pescar el atún, el black bass... Ahora se practica una modalidad que llamamos street fishing, que es pescar en los ríos que pasan por las ciudades, o el rock fishing, en la orilla del mar cerca de las poblaciones: los muchachos van en bicicleta en su tiempo libre, hacen su pesquería en un par de horas y retornan a casa.
― Un rápido pasatiempo ― pensando que los más hacemos acá esa pesquería, salvo que en presas y la costa, dado que los cursos de agua que pasan por poblaciones tienen sus problemas, y porque lo que es viajar, pocas veces va uno a otra provincia, que es lo factible. Nos entera Lucien Lajournade de lo que se ha convertido en un atractivo para los visitantes:
― Los turistas hacen fotos a diarios en París cerca de la torre Eiffel a los nuevos pescadores que se dedican a los grandes bagres, siluros les llaman.
En la época en que Hemingway era muy pobre e inocente, y según su leyenda personal vivía en un sitio húmedo y frío y escribía en los cafés parisienses, los pescadores del Sena únicamente cogían algunos gobios en el río, más bien pequeños y elogiados como fritura. Pensando en esto, uno se recuerda de que la pesca de la trucha es tal vez la más europea de las pescas. El redactor de Voyages... comenta:
― La pesca de la trucha (Salmo spp.) a mosca afronta una grave limitación a causa de la polución en los ríos. Hoy los pescadores que prefieren esta especie se van a Suecia, Noruega, Escandinavia e Irlanda, que es la preferida, y que es un sitio donde los políticos se ocupan en proteger la pesca a causa de su alto valor turístico.
― Hemos visto algunos materiales que indican que la pesca recreativa está recibiendo atención científica en Europa.
― Sucede que la pesca comercial es muy impactante. Europa paga dinero para que compremos barcos grandes para coger cada vez más peces. Es increíble la presión de la pesca comercial. En un momento determinado tocamos fondo, si bien ahora ha comenzado a mejorar, después que hace unos cuatro años se comenzó a adoptar una veda de varios meses cada año. Por un atún de 250 kilogramos podían pagarse una fortuna en Japón; por una lobina de mar algunos restaurantes llegaron a pagar en Francia a 30 Euros el kilogramo, y los chinos las compran vivas y entonces el precio sube a 100 euros por kilogramo ¡todo un negocio!
― ¿Es que no se ejerce control sobre la pesca?
― No hay policía de pesca. La preocupación de la autoridad es que las embarcaciones cumplan el límite de velocidad al llegar a puerto.
― Volvemos a Cuba. ¿Es este viaje inaugural?
― Cuarta vez. El primero fue en el año 2000, a la Isla de la Juventud, con muchas limitaciones para pescar en mar abierto. Luego vinimos para pescar en Cayo Romano y Cayo Cruz con el español Rafael del Pozo Obeso. Fue fantástico, había miles de palometas, pero el recuerdo es también triste, porque ese amigo muere precisamente en Cuba e un accidente vial.
― Lo supimos por internet, él era un escritor de pesca muy conocido.
― Vinimos por tercera ocasión y fue a pescar el sábalo en Hatiguanico y fue difícil.
― ¿Cuáles de las ofertas de pesca del turismo cubano podrían interesar más a los aficionados europeos?
― Pienso que el black bass, será tal vez una gran atracción para los pescadores de Europa, e igualmente el spinning.
― Es interesante Julien, esa opinión, porque el black bass, o sea la trucha, como la llamamos nosotros, tuvo un gran auge en los pasados años ochenta y hay embalses con sus hoteles al lado, como Zaza y Hanabanilla, que probablemente reanudarían su antiguo auge con una buena promoción y algunas atenciones ambientales. Hay un sitio que creemos se mantiene, aunque es más difícil de operar, que es Leonero, en la zona oriental, mientras se han perdido otros que fueron muy reconocidos, como es el caso de La Redonda, Cuyagüateje y Laguna del Tesoro. Y en cuanto al spinning, ¿desde costa o desde embarcación?
― Desde embarcación, como lo hemos hecho ahora en Cabo de San Antonio.
― Pues créeme que hay sitios donde la pesca desde costa a spinning, o el surfcasting, sería muy interesantes.
Hemos estado conversando la última hora en una cafetería del hotel Meliá Cohiba, donde los pescadores se alojaron en su tránsito por La Habana. En media hora parte julien Lajournade con sus compañeros hacia el aeropuerto internacional José Martí, pero no parece tener prisa. Me entrega un ejemplar de la edición de Voyages de Peche correspondiente al bimestre de junio-julio de 2015; al pie de la portada hay un anuncio: “Ils en reviennent, ils racontent Mexique, Polinésie, Cuba”. Se nos ocurre una pregunta más:
― ¿Cómo llega al aficionado francés la promoción de la pesca deportiva cubana?
― Por agencias de viajes y en algunas revistas. Se promueven sobre todo los viajes de pesca a mosca, poca gente sabe que en Cuba hay tan buena pesca a spinning, el fly tiene mucha más promoción.
Al llegar a casa, viejas e incompletas lecciones de francés servirán de ayuda para entender el mensaje que amablemente Monsieur Lajournade, un pescador deportivo cuyo trabajo es recorrer el mundo pescando y, sobre todo, escribiendo sobre pesca, ha tenido la amabilidad de dejar en una cuartilla para los lectores de CUBANOS DE PESCA:
De parte de todos los pescadores deportivos, lectores de Voyages de Pêche, me place transmitir a los pescadores cubanos toda la amistad que nos une en la misma pasión.
Viva la pesca en Cuba, con la esperanza de que ella siga siendo formidable, y podamos volver en el futuro a su magnífico país.

Julian.